Cecilia Romero Castillo

Marzo 16, 2016

¡No puede ser! pensaba enojada mientras entraba al Salón de Sesiones en la Cámara de Diputados el 11 de febrero.  El Papa Francisco llegaba a México al día siguiente y yo no había conseguido boleto para asistir al evento en Palacio Nacional,  cuando saludaría a la ‘clase política’ mexicana.  Seguramente estarían presentes todos los priístas de México y sus familiares, ¿y nosotros qué?  ¿la oposición no existe en este país? ¿qué clase de democracia pretendemos ser? ¿y la pluralidad?

Habíamos exprimido todos los recursos; la Mesa Directiva, el Secretario de Gobernación, Presidencia de la República, y nada.  Se ‘echaban la bolita’ de unos a otros y el tiempo se agotaba.  Casi todos mis compañeros – que viven fuera de la Ciudad de México –  habían desistido y se aprestaban a partir a sus estados, las posibilidades se habían terminado.

Cerca de las cuatro de la tarde recibimos un mensaje del Coordinador de los diputados panistas, el Secretario de Gobernación había conseguido para nosotros seis boletos.  ¡Uff! con ganas de rechazarlos, ¡seis para ciento nueve!  Si no fuera porque se trataba del Papa lo habríamos hecho, pero bueno…  los aceptamos. 

Se decidió hacer una rifa de los seis lugares entre los legisladores que aún estuviéramos interesados en asistir, y nos inscribimos 19.  Nuestro compañero Agustín Rodríguez sería el encargado de llevar a cabo el sorteo en su oficina a las 5 de la tarde.  Acudí con mi asesor Félix Morales al lugar indicado, y allí llegamos casi todos; los demás serían testigos por vía del ‘periscope’ – hoy tan de moda – para asegurar que no hubiera ninguna trampa.

Se hicieron papelitos con los nombres de todos, y procedimos al sorteo.  El primero sería el premiado, el segundo no, el tercero sí, y así sucesivamente hasta completar los seis.  Los papelitos fueron extraídos de un recipiente transparente por los asesores ahí presentes, que no estaban interesados personalmente en obtener el premio.  Félix – el asesor que me acompañó al sorteo – sacó el cuarto papel del recipiente, ¡el mío!  Salí en el número cuatro, no resulté favorecida. Siendo yo su jefa, pensó que sería inmediatamente despedido por haber extraído precisamente el papel con mi nombre escrito.  La angustia permaneció en su semblante por más tiempo que en el mío por no haber sido premiada, pero en el camino de regreso a mi oficina ambos reímos por la triste coincidencia y decidimos ver hacia adelante.  No era sino una oportunidad perdida, pero habría más.  Y vaya que la hubo!

A los afortunados ganadores de los privilegiados lugares se les avisó de inmediato y yo empecé a pensar en otra cosa.  Total, me iré a dormir a Ecatepec el sábado en la noche con los boletos que tengo para ir a la misa del domingo, estará mejor.  Ahora que me acuerdo, ese evento no era al que yo quería asistir, me decía tratando de resignarme.

Pocos minutos después – cuando hacía esfuerzos para consolar a Félix por haber sacado el papel con mi nombre, y trataba de alegrarme por la oportunidad de acudir a Ecatepec, al tiempo que retomaba mi trabajo habitual – entró a mi oficina Agustín Rodríguez – el que llevó a cabo la rifa y que había resultado favorecido – a decirme que me regalaba su boleto.   Rechacé sin más su gesto, pero insistió.  Tú tenías muchas ganas de ir, me decía.  Tú también, le contestaba, puesto que entraste a la rifa.  Me dijo que él ya había saludado al Papa Francisco, hasta de mano.  Efectivamente, en su oficina luce una hermosa fotografía tomada hace poco más de un año en la Plaza de San Pedro, en la que un radiante Agustín saluda de mano al Obispo de Roma.  Insistió un poco,  y me negué un poco, pero pronto – creo que muy pronto – me convenció de aceptar su generoso ofrecimiento, y lo hice, no sin antes darle un gran abrazo lleno de afecto fraterno.

¡Estaría en el encuentro con el Papa en Palacio Nacional!

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El sábado 13, después de muchas peripecias para recoger los pases personalizados, emprendí el camino hacia Palacio Nacional a las 6:30 de la mañana.  Pasando todos los trámites de acreditación ingresé a Palacio, al mismo tiempo que Subsecretarios de Estado, Gobernadores, familiares y amigos de éstos.  Cuando abrieron las puertas, nos condujeron a diferentes espacios dentro del Patio Central; a mí me dijeron que subiera a las gradas de la parte posterior, y ahí me dirigí con presteza.  Encontré un lugar en la cuarta fila, junto con muchas personas que, como yo, lo que querían era estar ahí, y nada más.  Me aseguré que tendría vista directamente hacia el estrado ya preparado para el Papa y el Presidente de la República.  Que no me estorbe la fuente, desde aquí podré ver derechito al Papa; ni el frío ni el tiempo que tendríamos que esperar nos importaba  ¡Qué emoción! 

Un rato después me llamaron desde una grada contigua que estaba un poco más cercana al nivel del patio; eran el doctor Marco Adame con su esposa Mayela y su hijo Juan Pablo.  Me invitaban a bajar con ellos, desde ahí se verían más de cerca todos los detalles.  Me costó un poco de trabajo convencer al guardia de que me dejara bajar a las otras gradas, pero lo logré; todavía era temprano.

Efectivamente donde ellos estaban la fuente ya no estorbaba, incluso la visión era mejor que la que tendrían los invitados que estaban en las filas de abajo.  El único problema es que no habría la remota posibilidad de saludar al Papa si a él se le ocurría – como sucede con frecuencia – romper el protocolo y acercarse a la gente.  Pero no importaba, ahí estaba para atestiguar este momento histórico.  Observamos la llegada de personalidades de la política; Ministros de la Corte, titulares de organismos descentralizados, funcionarios de todo tipo, empresarios, presidentes y secretarios de partidos políticos, incluido el Presidente del PAN, Ricardo Anaya. 

También hicieron su arribo algunos personajes que francamente desentonaban con el blanco y amarillo de la bandera del Vaticano; políticos que durante su vida pública han hecho gala de su anticlericalismo, lideresas feministas que han militado en contra del derecho a la vida, algunos de los que mi abuelita llamaba ‘come-curas’, varios de los que aún se rasgan las vestiduras por la incipiente apertura hacia la libertad religiosa.  Así es la vida… 

Se encendieron las enormes pantallas ubicadas a los costados del Patio Central de Palacio, ¡el Papa se acercaba ya por 20 de Noviembre!  Primera llamada, tomen sus asientos.  Segunda llamada, que nadie camine ya por los pasillos.  El Papamóvil hacía su entrada al Zócalo.

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Pocos minutos antes de la llegada del Papa, se acercó desde la parte baja de las gradas Juan Pablo Adame – que había bajado con la idea de quedarse por ahí a la hora del ingreso de la comitiva – y me dijo:  Ceci, la esposa de Ricardo Anaya no pudo venir, él pregunta si quieres ir a sentarte a su lado. 

No lo pensé; salté de mi asiento y me dirigí a la escalera.  No me fue posible bajar; en la entrada ya estaban los Obispos formando valla para la recepcíon, todo mundo estaba en su sitio.  Busqué otra forma de bajar, encontré una escalera custodiada por un guardia y ahí me dirigí con determinación.  No me lo permitió.  Pero al ver que no podría detenerme, me señaló un pequeño espacio entre dos macetones por donde saltar.  Lo hice no sin temor, pero lo logré, y caminé por el pasillo frente al público ya acomodado en sus lugares hasta el asiento vacío, ¡en primera fila!  Tercera llamada, tercera, comenzamos.

A Ricardo Anaya no le informaron que la invitación era también para su esposa, y al ver que había lugares reservados, y que las esposas de los Presidentes del PRI y del PRD sí habían acudido, pensó en invitarme a acompañarlo, sabiendo que me haría inmensamente feliz.  Y lo hizo.

Por cierto, Josefina Vázquez Mota también fue invitada al evento, pero no le fue posible llegar.  Si ella hubiera estado ahí, el lugar que yo ocupé habría sido para ella sin duda.

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La ceremonia de recepción en Palacio Nacional al Papa Francisco se desarrolló en el Patio Mariano.  Se tocaron los Himnos de México y del Vaticano, el Presidente de la República y el Papa saludaron a las banderas, y subieron al primer piso de Palacio a recorrer los salones y firmar la edición de un timbre postal conmemorativo de esta histórica visita de un Soberano Pontífice a México. 

Yo observaba todo esto sentada entre Ricardo Anaya – a quien agradecí repetida y emocionadamente el haber pensado en mí para ocupar ese lugar – y Agustín Basave, quien con su esposa había acudido puntual a la cita.  Cerca de nosotros se encontraban también Manlio Fabio Beltrones y su esposa.

El licenciado Basave y yo hicimos comentarios sobre el acontecimiento que estábamos atestiguando, y coincidimos en que la trascendencia del mismo debería ser analizada a la luz de la historia, ya que los episodios político-religiosos en nuestra patria están tan preñados de radicalismos y de consignas y de amigos y enemigos, que hará falta un estudio profundo sobre el antes y el después de esta visita, de estos gestos, de estos símbolos.

El Papa Francisco y el Presidente Peña Nieto bajaron por la escalinata central e hicieron su entrada al Patio Central.  Saludaron ambos a los Gobernadores y ascendieron al estrado.  Vinieron los discursos, verdaderamente excelentes y profundos, que serán consignados en los anales de nuestra patria como los que marcan un hito en la historia de México.  El evento  merece un estudio  que trasciende esta crónica, su importancia es con mucho superior a la anécdota de mi participación, pero me siento orgullosa de haber sido testigo de él, por eso lo relato desde mi más íntimo sentimiento de mexicana, de política, y de católica.

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Terminaron los discursos, bajaron del estado, se encaminaron a la salida.  Todos estábamos felices; junto a mí, Ricardo Anaya, Presidente del PAN, y Agustín Basave, Presidente del PRD y su esposa.  Los aplausos no cesaban, las repetidas solicitudes de ¡bendición! ¡bendición! así como algún destemplado ¡Viva el Papa! fueron escuchadas, y Francisco, respetuoso, impartió la bendición una vez que hubo descendido del estrado desde el que se pronunciaron los discursos. 

El maestro de ceremonias agradeció la asistencia al evento y nos dio los buenos días.  Estábamos despidiéndonos y felicitándonos por haber sido testigos de este acontecimiento cuando de pronto, observamos que el Papa rompía el protocolo – como es su costumbre – y empezaba a saludar a los invitados de la primera fila.  La verdad es que todos, sin decirlo, habíamos albergado la esperanza de que lo hiciera.

Avanzó el Papa precedido por el Presidente Peña Nieto, quien presentaba a cada uno de los ocupantes de los privilegiados lugares.  Miembros del Gabinete, integrantes del Comité de Presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano, las hijas del Presidente y de su esposa, coordinadores parlamentarios, empresarios, novios de las hijas del Presidente y de su esposa, ¡y Presidentes de Partidos! 

El Papa recorrió una larga fila, nosotros estábamos justo al final.  ¿Llegará hasta acá? ¿Quién me va a tomar la foto?  Si me saluda, ¿qué le voy a decir? ¡Dios mío, qué emoción!  Las personas de la segunda fila se aprestaban a pasar a la primera; los celulares – sin señal durante casi todo el evento – pasaban de mano en mano: ¿me tomas la foto? no importa que salga movida, ¡te lo encargo!   Los guardias se movilizaban tratando de mantener el orden; que las señoras no se subieran a las sillas, que los que se encontraban atrás no se atravesaran.  En un recinto paradigma del laicismo en México, la clase política se arremolinaba en busca de un saludo, de una foto, de una mirada de Francisco.  Así fue, yo lo ví, a mí no me lo cuentan.

El Presidente de la República se acercaba presentando a cada uno de quienes estaban en la primera fila.  El licenciado Manlio Fabio Beltrones, Presidente del PRI, mi partido, dijo no sin orgullo.  Manlio y su esposa lo saludaron – ella le besó la mano.  En seguida presentó a Ricardo Anaya:  El Presidente del PAN, partido con el que dialogamos y llegamos a acuerdos.  Ricardo lo saludó respetuosamente.  En seguida dijo:  La licenciada Cecilia Romero.  Yo tomé la mano del Papa con las dos mías, besé su anillo – que después supe no era el anillo pastoral que protocolariamente debe ser besado – y le dije algo así como: ¡México lo quiere, rece por nosotros, Dios lo bendiga!  Me miró, lo miré.

En seguida el Presidente Peña le presentó a Agustín Basave, quien le dijo: El último libro de mi padre se tituló ‘La Civilización del Amor’.  El Papa saludó a la esposa de Agustín y enseguida – como reflexionando – se volteó hacia nosotros y preguntó: Esa frase, ¿es de Juan Pablo II, o de Paulo VI?  Y yo contesté: De  Paulo VI, Su Santidad.  El asintió y siguió su camino.  ¡El Papa y yo hablamos!

No me cabe la menor duda:  Ya me tocaba.